El
porqué de Bloc
Hace tiempo que por Internet se ha extendido y puesto
de moda el blog. Se trata de
unas páginas personales con un formato estándar en
las que la gente suele explicar lo que ha hecho durante la semana,
y que permiten a los usuarios que las visitan dar su opinión
e intercambiar ideas, experiencias, etc.
Como mi sección no reunía todas las
condiciones para ser un blog,
la he tenido que bautizar con el nombre de bloc
haciendo referencia a un bloc de notas como el que llevo normalmente
en el bolso y en el que acostumbro a escribir las ideas que se me
van ocurriendo a lo largo del día. Algunas de esas ideas
creo que son buenas (dicen que para gustos se hicieron los colores)
y van creciendo hasta que toman la forma de un escrito – o un artículo
o lo que sea – como los que irán apareciendo periódicamente
en esta sección.
Aprovecho para daros la bienvenida a mi pequeño
y particular universo, tan pequeño como una gota de agua,
aunque, como le ocurre a la gota de agua, su diminuta forma no impide
que albergue en su seno un gran número de formas de vida.
Por cierto, si os queréis hacer un blog no
hace falta que paguéis. En la red hay páginas que
ofrecen este servicio de forma gratuita. Al pie os indico algunas
direcciones.
http://www.blogger.com/start
https://seguro.blogia.com/altas.php
http://searchportal.information.com
El
bolso de Sarah
Mi amiga Sarah y yo nos vemos muy de vez en cuando,
pero nunca perdemos el hilo porque cada encuentro parece una continuidad
del anterior. La última vez que nos vimos quedamos para comer. Después de
ponernos al día sobre cómo nos iba la vida, Sarah me enseñó con mucho entusiasmo
su bolso, que había diseñado y fabricado un buen amigo suyo de Indonesia.
Sarah tiene amigos por todo el mundo.
Resulta que su amigo ha montado una empresa de bolsos.
Y os preguntaréis: ¿qué tiene eso de especial? Pues que son bolsos hechos
con plástico reciclado, ese plástico de los envases de suavizante, de detergente,
etc., que tan poco uso parece tener una vez que los envases se tiran a la basura.
Detrás de todo esto hay un gran equipo de profesionales y una ONG que,
además de dar trabajo a mucha gente, les enseña un oficio que podría tener mucho futuro.
Iniciativas como ésta son de agradecer en un mundo donde cada día tiene más peso el problema
de la acumulación de basuras. Poder reciclar plásticos para darles una utilidad práctica y
promover la creación de empleo es una buena idea.
Me ha parecido interesante incorporar el enlace del sitio web de este
proyecto, para que conozcáis mejor la labor que llevan a cabo.
http://www.xsproject.eu
El Cairo,
la ciudad de las antenas parabólicas
Hace unos meses estuve en Egipto. Hacía tiempo que tenía ganas de visitar ese país,
y ahora lo recomiendo a todo aquel que quiera cargarse de energía, pues allí la luz es diferente,
los rayos solares inciden más intensamente y te crean la sensación de que recargas las pilas.
Os podría contar el viaje por el Nilo, la visita a los templos, a las pirámides
y a muchos otros lugares, pero eso lo podéis leer en cualquier guía de viajes. Me parece más
interesante contar lo más anecdótico, como, por ejemplo, que mientras hacíamos una excursión
por el Nilo en falúa o faluca –una pequeña embarcación típica de la zona–, se acercaron dos
niños en una especie de barquita (aún no me explico cómo cabían en ella) que impulsaban con
la fuerza de sus brazos hasta abordarnos. Después de que el guía les confirmase que éramos
españoles, nos ofrecieron un repertorio de canciones typical Spanish, como el Porompompero
y el Aserejé. Después del show, nos pedían euros, pero lo único que consiguieron fueron unos
aplausos muy efusivos y espontáneos.
No sé cómo lo consiguen, pero conocen la procedencia de todos los
turistas con tan sólo mirarlos, y los españoles tenemos fama de no soltar fácilmente
los euros. De hecho, paseando por el zoco de Khan El-Khalili, nos llamaban la atención
y, después de varios intentos fallidos, con una sonrisa en los labios nos decían:
«España tacaña». Debe de ser que nuestra cultura ha convivido siete siglos con la suya y algo habremos aprendido de ellos.
También me sorprendió observar lo cerca que se encuentran las pirámides
de la ciudad de El Cairo. Pensaba que la meseta de Gizeh estaba más lejos de la ciudad,
en pleno desierto, ya que siempre he visto fotos de las pirámides con el desierto al fondo.
Estar comiendo en un restaurante y ver tan cerca las pirámides es una sensación extraña y sobrecogedora.
Otro aspecto curioso de la ciudad que me chocó bastante es la cantidad de
antenas parabólicas y aparatos de aire acondicionado que hay instalados en todos los edificios.
Y, por supuesto, el tráfico. En El Cairo el tráfico es tremendo; cinco millones de coches se
mueven a diario por la ciudad. No se respetan las señales, no se utilizan los intermitentes,
tampoco se respetan las líneas que separan los carriles; en cambio, se toca el claxon para
avisar de las maniobras que se van a realizar. Fue espectacular ver conducir a los egipcios.
En nuestras carreteras seguramente se aburrirían, demostraron ser excelentes conductores.
El Cairo respira mucha vitalidad, tanta que la actividad comienza a las
cinco de la mañana y termina a las dos de la madrugada del siguiente día. La ciudad sólo
descansa tres horas.
En todas las visitas que íbamos haciendo, los niños se nos acercaban
para vendernos pulseras, collares, puntos de libro o cualquier otro artículo de regalo,
que en muchos casos parecían hechos por ellos mismos. Casi todo valía un euro. Al verlos,
la primera intención que tienes es comprarles algo. Te sale de dentro porque piensas que
lo necesitan y así los ayudas, pero no nos engañemos: igual que en el caso de los que se
acercaron remando a la falúa, es posible que sus padres no tengan ni idea de lo que hacen.
No me malinterpretéis, simplemente creo que incentivar este tipo de acciones no es nada bueno,
porque así se fomenta que los niños dejen de hacer lo que tendrían que estar haciendo a esta edad:
ir al colegio. La prueba está en que, durante nuestras visitas, se concentraban en las entradas
de los templos en horario escolar. Si los turistas no les comprásemos nada, quizás perderían el
interés y se evitaría tanto absentismo escolar.
Este hecho me hizo reflexionar sobre las buenas acciones que a veces uno
cree que hace en esta vida, algunas de las cuales, a pesar de ser muy bienintencionadas,
se deberían analizar profundamente. En esa ocasión, si realmente quería ayudar a aquellos niños,
no debía comprarles nada. Ésa era la mejor forma de aportar mi granito de arena para procurarles un futuro mejor.
En fin, que viajar es mucho más que documentarse, visitar monumentos,
comer en buenos restaurantes y comprar recuerdos.
La curiosa canana del personaje
Seguramente os habrá llamado la atención la canana o
cartuchera del personaje de la entrada, de la que cuelgan tubos de
ensayo tapados con un algodón. Cuando me planteé hacer el sitio web,
me rondaba la idea de crear un personaje que apareciera en la entrada
para dar la bienvenida. Se me ocurrió que podía ser una caricatura de
mí misma, en una de mis excursiones al campo (bueno, yo no voy vestida
de forma tan pintoresca como el personaje). Pues bien, la idea de la
canana la saqué de una excursión que hice cuando estudiaba biología.
Recuerdo que una vez teníamos que hacer unas prácticas
de campo para observar insectos y quedamos con el profesor directamente
en el lugar de rastreo. No conocía al profesor, nunca lo había visto por
la facultad, pero corría el rumor de que era un personaje muy extravagante y singular.
Cuando el tren se acercaba a la estación, a lo lejos vi a un
individuo vestido como si fuera a un safari; llevaba botas de campo, pantalón
y chaleco de camuflaje, y un sombrero que me recordó al de Cocodrilo Dundee.
Después de las presentaciones, me fijé en que llevaba una canana con tubos de
ensayo vueltos del revés y tapados con un algodón… y evidentemente le pregunté
que para qué llevaba la canana con esos tubos de ensayo.
Nos contó que eran para recoger muestras de insectos,
y además nos escenificó cómo lo hacía. El diminuto tamaño de los insectos
y la rapidez con que se mueven hacen que sea difícil cogerlos al vuelo,
así que la mejor manera de capturarlos es adentrarse en el campo con traje
de camuflaje y quedarse inmóvil durante un buen rato, a la espera de que
aparezca alguno. Cuando la víctima empieza a revolotear a nuestro alrededor,
tenemos que fijar la vista en ella y esperar pacientes a que se pose en algún
lugar. En ese instante, sin apartar la vista del insecto, sacamos lentamente
un tubo de la canana, le quitamos el algodón y, con rapidez, capturamos
el insecto poniendo el tubo boca abajo sobre el lugar donde se ha posado.
Una vez que el insecto entra dentro del tubo, lo tapamos con el dedo pulgar
y luego le ponemos el algodón. Seguidamente, volvemos a colocar el tubo de
ensayo en la canana, pero esta vez al derecho, y buscamos la próxima víctima
de nuestro estudio. Increíble, pero cierto.
Con aquel individuo pasamos una tarde de lo más entretenida.
Nos estuvo contando historias sobre los insectos y los cadáveres de animales,
y nos explicó cómo llegar a saber el tiempo que llevaba muerto un animal por
el tipo de insecto que en ese momento encontrábamos comiéndose el cadáver.
Una vez roto el hielo, también nos contó que su especialidad
era el estudio del comportamiento animal, una rama de la zoología denominada
etología, y que en sus ratos libres se dedicaba a ir a conciertos de estrellas
de rock para grabarlos en sus actuaciones y así poder profundizar en el estudio
del comportamiento animal… del animal racional que se corona a sí mismo en la
cúspide de la escala evolutiva. Muy interesante.
Un caos necesario
para encontrar una solución
Las calles se retorcían violentamente: subidas y bajadas, pendientes
y de nuevo suelo raso… Era como estar en un sueño que, a su vez, está dentro de otro.
Las paredes eran húmedas al tacto y el suelo estaba decorado con piedrecitas de colores que
dibujaban diferentes figuras geométricas: un rombo aquí, un triángulo allá...
La luz iba cambiando por momentos; ahora era de color gris; luego, azul cielo, y por último, naranja.
Iba bajando por una calle empinada que me llevó hasta lo que parecía la plaza de un pueblo.
Al final de la plaza había un café donde dos hombres hablaban. No podía oírles, estaba lejos.
De repente, el escenario cambió por completo y me vi en la cubierta de un barco. Una ráfaga
de aire trajo hasta mis oídos la conversación que mantenían los dos hombres, que ahora se encontraban
en la popa del barco:
- ¡Caramba, me he quedado helado!
- Sí, bueno. En cubierta y
a estas horas empieza a refrescar un poco.
- No hablaba del tiempo,
sino de lo que acabamos de oír.
- ¿Te refieres a lo que ha
contado esa señora? ¡Bah, son cuentos de viejas en alta mar!
- Es que no es la primera vez que oigo a alguien contar una historia como ésa.
- Sin duda es una mujer acostumbrada
a viajar. Seguro que de joven fue aventurera o exploradora, pero
ahora tiene que inventarse historias. Ya sabes, para mantener el
nivel de emoción en su vida. La gente con dinero suele ser mucho
más desconfiada, tienen mucho que perder. Y también, por eso mismo,
les ocurren más cosas.
- ¡Eso no es cierto! A los pobres les pasan más desgracias
y ellos lo tienen todo perdido.
- Sí, pero cuando no tienes
nada, nada pierdes.
- Bueno, eso sólo
significa que eres más libre. Ser responsable de administrar y mantener
una buena cantidad de dinero ata mucho, pero a mí no me importaría
perder grados de libertad si los puedo recuperar por otro lado.
- Imagínate por un momento
que, en un tiempo pasado, fuimos nosotros los ricos.
- ¡Si hubiese sido rico, créeme, ahora estaría llorando
y preguntándome qué hice mal!
- ¡Quizás no, amigo mío! Quizás
elegiste ser pobre en esta vida para recobrar la intensidad que
perdiste al vivir con tantas facilidades.
[…] Esto que acabáis de leer es
un sueño que tuve. Es alucinante cómo el cerebro mezcla y reconstruye
las vivencias en una especie de película que se proyecta cuando
entras en la fase profunda del sueño. No siempre me acuerdo de los
sueños que tengo; sólo recuerdo los que más me han impactado, que
suelen coincidir con los momentos en que algo me ronda por la cabeza
sin que le encuentre solución. Parece que, cuando pierdo el control
y dejo el raciocinio aparte, el cerebro se encarga de desordenarlo
todo y lo reconstruye, aportándome, además, en la mayoría de los
casos, la solución al problema… y, cómo no, también una historia
que contar. ¡No me robéis la idea, igual la utilizo algún día!
Si os gusta leer y escribir, os recomiendo visitar este sitio web.
http://www.escritores.org
¡Dichoso nombrecito!
Desde que mi web está en funcionamiento, he recibido varios correos de curiosos
que preguntan por mi nombre. Como no tengo tiempo de escribir a todo el mundo, prefiero contestar en esta sección.
Nací en Sevilla y, sí, mis padres me pusieron Aguas, un nombre que me causó algún que otro complejo
y manía cuando era pequeña, que superé cuando empecé a tener uso de razón.
Sin embargo, mi nombre también me ha regalado muchas situaciones cómicas y muy absurdas,
como encontrarme de regalo la tapa de una alcantarilla en cuya inscripción rezaba «Aguas de Barcelona», o que,
en casa de un amigo, éste me enseñara una fuente que había arrancado de un parque (no diré de dónde) y se había
traído en un camión para demostrarme cuánta gracia le hacía mi nombre.
Pero la anécdota más absurda y graciosa me ocurrió cuando tenía quince años. Estaba trabajando por
las noches en la Feria de Barcelona, haciendo rótulos para los stands. En aquella época estudiaba bachillerato y aquello
me servía para sacar algo de dinero y cubrir mis gastos. Pues bien, ocurrió que estaba con una amiga y teníamos que ir a
buscar un cubo de agua. Mientras subíamos por las escaleras, se me cayó un rotulador y tuve que bajar a buscarlo.
Mi amiga siguió adelante y llegó hasta el grifo, colocó el cubo debajo, pero no abrió el grifo. Se asomó a la escalera y
empezó a llamarme, gritando, claro está, «¡¡¡Aguaaas!!!». Mientras tanto, una señora de la limpieza empezó a mirarla, extrañada,
hasta que le llamó la atención diciéndole: «¡Oye, si quieres agua tendrás que abrir el grifo, guapa. Gritando no viene.» ¡Ja, ja, ja!
Sí, parece un chiste, pero no lo es, os aseguro que pasó.
Como esta anécdota os contaría unas cuantas más… Es lo que tiene el nombrecito.
Un breve apunte sobre matemáticas
El otro día entré en un centro comercial. Necesitaba comprar un regalo y, como no lo tenía muy claro,
empecé a dar vueltas hasta que encontré una sección de artículos de regalo. Mientras pensaba en qué comprar, me fui fijando
en la cantidad de artículos que había expuestos, en sus tamaños y formas. Todo lo que me rodeaba eran cantidades, tamaños y formas.
En ese momento me hice una serie de preguntas. ¿Por qué las matemáticas son difíciles de entender? ¿Quizás por la dificultad de
llegar a comprender su utilidad práctica? ¿Tal vez porque no sabemos aplicar lo que aprendemos a nuestra experiencia cotidiana?
No me propongo dar una clase de matemáticas, sino ofrecer un breve apunte para despejar alguna que otra duda e
intentar suscitar la curiosidad. Empezaré con algunas preguntas: ¿cuándo, dónde y cómo se empezó a pensar en términos matemáticos?
Para contestarlas, tenemos que remontarnos a la época en que el ser humano hizo su aparición en la Tierra. En ese momento, el pensamiento
matemático debió de surgir de tres conceptos fundamentales: la cantidad, el tamaño y la forma. El ser humano primitivo debió de percibir
estas tres nociones básicas, que son los pilares de las matemáticas, a través de sucesivas comparaciones. Para él era esencial distinguir
cantidades: distinguir una rama seca, dos o muchas equivalía a saber si esa noche pasaría frío o no; discernir entre el pequeño tamaño de
un animal y las enormes dimensiones de otro equivalía a saber el grado de peligro al que se enfrentaba, e identificar las formas que
aparecían ante sus ojos (el triángulo que configura una montaña, el círculo que describe la luna o la línea recta que traza el límite
de una llanura) le ayudaba a reconocer el paisaje que le rodeaba y orientarse.
Con el paso del tiempo, se ha ido ampliando el campo de aplicación de las matemáticas, y hoy en día tenemos a
nuestra disposición una estantería repleta de todo tipo de herramientas que nos permiten desvelar los misterios todavía ocultos de
la naturaleza.
Esta gran estantería está dividida en varios apartados: geometría, aritmética, álgebra, trigonometría, lógica, probabilidad y
matemática moderna (conjuntos, etc.).
Cuando un matemático se enfrenta a un problema, lo primero que hace es buscar la herramienta más adecuada para resolverlo.
Cuando la encuentra, elabora un boceto para adaptarlo al mundo real, pues las matemáticas no dejan de ser un mundo paralelo
al real, y con ese boceto intenta dar un paso más en la comprensión del mundo.
¡No os imagináis lo presentes que están las matemáticas en nuestra vida diaria! Si queréis empezar a entender
su utilidad práctica, sólo tenéis que fijaros en que todo lo que nos rodea son cantidades, tamaños y formas.
Y volviendo al centro comercial, una vez que tuve el regalo en mis manos, necesitaba salir rápidamente
de allí para llegar a la fiesta de cumpleaños. A la hora de pagar, distinguir cantidades me permitió escoger la caja donde
había menos gente y con menos artículos en el carro de la compra. Obvio, pero ¡así se empieza!
Las orejas de burro
Los burros siempre me han parecido unos animales simpáticos.
Se caracterizan por tener largas orejas y los zoólogos los clasifican
dentro del grupo de los mamíferos ungulados. El ser humano, desde
siempre, los ha utilizado como animales de carga, y precisamente
de ahí proviene uno de los significados más populares de la palabra
burro, que solemos utilizar para referirnos a una persona
torpe, falta de delicadeza u obstinada.
Las orejas de burro son una etiqueta que nos parece divertida para tildar a alguien
de incompetente o testarudo, pero esta etiqueta no debería colocarse con tanta facilidad cuando
hay un problema de fondo, cuando están en juego tres cartas de una misma baraja: el que aprende,
el que enseña y el que dicta lo que se debe enseñar.
Sobre este tema tengo tres cosas que decir: que no se aprende por obligación,
sino voluntariamente; que no se aprende sin que previamente se haya creado una necesidad, y por último,
que lo que se aprende difícilmente se olvida si nos ofrece un conocimiento de gran utilidad.
La piedra angular del aprendizaje es el lenguaje, que incluye, a su vez, otros lenguajes,
como el gestual. El lenguaje es un instrumento imprescindible para aprender y para construir el conocimiento.
De hecho, lo primero que nos enseñan en el colegio es a leer y a escribir. Sin embargo, la lengua, sigue siendo
una asignatura pendiente a causa de los problemas de comprensión lectora, unos problemas que pueden corregirse
si uno se habitúa a leer y a buscar en el diccionario las palabras que no entiende.
Cuando al buen entendedor pocas palabras le bastan es porque se ha pasado muchas horas leyendo.
La lectura es una gimnasia mental que ayuda a entrenarse para comprender con mucha más precisión lo que se lee,
se oye o se ve, e incluso para leer entre líneas.
Para comprender algo es necesario visualizarlo en
la mente. Por ejemplo, cuando leo la palabra mesa, visualizo
una mesa, un trozo de madera cuadrado que aguantan cuatro patas.
En cambio, si no entiendo el significado de una palabra, no visualizo
nada. Esto os puede ocurrir si intentáis visualizar la palabra
sinsonte (me he asegurado de escoger una palabra que no sea
tan fácil de encontrar en un diccionario).
Y aún hay más: cuando leemos y vamos comprendiendo lo que leemos, nuestro cerebro evalúa las frases
de distintas maneras simultáneamente, de tal forma que, antes de acabar de leer una frase, nos estamos creando
expectativas de lo que va a venir a continuación.
Si me habéis seguido hasta aquí, probablemente habréis llegado a la conclusión de que una parte
de la responsabilidad de que aumente el nivel de comprensión recae en el que dicta lo que se debe enseñar, y la otra,
en el que enseña. Dejar para el que aprende la responsabilidad de elegir si quiere o no llevar las orejas de burro
me parece poco elegante.
Por cierto, la palabra sinsonte significa
‘pájaro’.
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